Panamá acumula talento, posición geográfica y recursos. Aun así, repite los mismos males. Así lo plantea una columna publicada en La Prensa.
El texto señala desempleo, corrupción, abandono social, falta de medicamentos y escuelas deterioradas. Problemas que, según el autor, persisten sin importar qué partido gobierne.
El diagnóstico apunta a la clase política. «Cambian los colores de las banderas, cambian los discursos y los eslóganes», escribe la fuente. El resultado, dice, es siempre el mismo: las necesidades del pueblo sin respuesta.
Un dato concreto aparece en el texto. Algunos diputados llevan más de una década en la Asamblea. Varios presiden comisiones importantes. Sus circuitos, según la columna, permanecen en el abandono y la pobreza.
El autor también señala un problema cultural. La ciudadanía, dice, se acostumbró a las promesas vacías cada cinco años. Esa «normalización del conformismo» es, a su juicio, tan peligrosa como la corrupción misma.
La propuesta es directa: romper el ciclo. «No se puede esperar transparencia de quienes han vivido cómodamente dentro de sistemas cuestionados», afirma la fuente.
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Pulso Global lee este diagnóstico con atención. El problema no es ideológico: es estructural. Una clase política enquistada bloquea la competencia, la rendición de cuentas y el libre juego de ideas nuevas. El dinero del contribuyente panameño no llega a quien lo necesita; se filtra en redes de lealtades políticas.
La solución que propone la columna —nuevos liderazgos, nuevas prácticas— es condición mínima para que la inversión privada y el Canal generen prosperidad real. Sin estado de derecho creíble, el potencial de Panamá seguirá siendo solo eso: potencial.



