Teherán elevó la tensión este lunes. Dos altos funcionarios iraníes proclamaron la victoria sobre Estados Unidos e Israel y convirtieron el estrecho de Ormuz en moneda de cambio.
Mohamed Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento iraní, afirmó en televisión estatal que Irán «ganó las dimensiones militares y políticas de la guerra». Según su versión, el objetivo de Washington y Jerusalén era provocar un cambio de régimen. Como eso no ocurrió, Teherán declara derrota del adversario.
Qalibaf calificó el memorando de entendimiento alcanzado con Estados Unidos el 17 de junio como un «documento de honor y victoria» para el régimen.
El general de división Amir Hatami, jefe del Ejército iraní, fue más directo sobre Ormuz. «El sagrado estrecho de Ormuz es una de las condiciones para poner fin a la guerra; lo preservaremos con todas nuestras capacidades», declaró. Añadió que «bajo ninguna circunstancia las bases estadounidenses podrán volver a la situación anterior».
El estrecho permanece cerrado desde mediados de julio, según las fuentes. Una nueva escalada militar y la reanudación de ataques contra posiciones iraníes precipitaron el cierre. Estados Unidos aplicó simultáneamente un bloqueo naval sobre puertos y buques de Irán.
Las exigencias de Teherán para reabrir la ruta son tres, según el documento analizado: levantamiento del bloqueo sobre sus puertos y embarcaciones, fin de las sanciones económicas y autorización para comercializar su petróleo.
El corredor mueve una porción extraordinaria de los hidrocarburos globales. Un cierre prolongado presiona los precios de la energía y fractura cadenas de suministro.
Pulso Global observa lo evidente: el régimen de los ayatollahs convierte una arteria del comercio mundial en palanca de extorsión política. Cada día cerrado es un costo real para consumidores, empresas y economías que nada tuvieron que ver con el conflicto. Washington mantiene su presión, pero las negociaciones siguen atrapadas entre las exigencias de ambas partes. El libre flujo de energía —y con él, la estabilidad de los mercados globales— queda rehén de un régimen que necesita presentar ruinas como trofeos.


