CHILE (Pulso) — Un tercio de la población chilena se declara «indiferente» políticamente. Así lo documenta Aldo Mascareño, investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP), en el libro La condición posdemocrática en Chile, coescrito con Juan Rozas.
El perfil es claro. Clase media baja o emergente. Desconfianza hacia los políticos tradicionales. Convicción de que la democracia liberal no cumplió sus promesas. Mayor motivación: el trabajo.
«Antes uno temía que le robaran el celular en la calle; ahora teme que lo descuarticen», afirma Mascareño según el texto. Esa transformación del crimen resume, para él, los últimos diez años.
Las señales tempranas aparecieron a fines de los 90. Casi 30 años después, ese desencanto tiene forma electoral. El PDG, Kaiser y Kast captaron ese voto en la última elección. Los partidos tradicionales, no.
«La gran responsabilidad de los partidos tradicionales fue no ver esa transformación y, cuando se les cruzó por delante, descalificarla», sostiene Mascareño según la fuente.
El libro describe tres recursos que la democracia usa hoy para reconectar con sus públicos: autoritarismo, identitarismo y populismo digital. Ninguno es ajeno a la izquierda. Mascareño señala que todos los partidos apelaron a la seguridad en la campaña de 2025, incluida la candidata Jara.
El espacio digital fue decisivo para el PDG y Kaiser. No solo para llegar a ciertos sectores, sino para leer sus demandas sin intermediarios.
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El diagnóstico de Mascareño confirma lo que el mercado político ya procesó: ignorar a la clase media emergente tiene costo electoral. Los partidos que apostaron por el libre mercado, el orden y el mérito encontraron ahí una base real. Los que la estigmatizaron como «fachos pobres» perdieron representación.
El problema de fondo no es ideológico: es de oferta. Cuando el aparato político tradicional deja de responder, el ciudadano busca alternativas. Eso no es una amenaza a la democracia; es la democracia funcionando.



