COLOMBIA (Pulso) — El ambiente en las canchas del fútbol base colombiano es hostil. Árbitros, psicólogos y exjugadores lo confirman.
El árbitro argentino Celiz suspendió un partido de menores. Los padres peleaban en las tribunas. Amonestó a los capitanes con tarjeta amarilla y advirtió en voz alta: «El nene que se vaya expulsado es responsabilidad de la gente de afuera». Luego declaró que ese ambiente hostil «se ha normalizado» en estas categorías.
El exjugador Mejía, quien militó en Atlético Nacional y hoy dirige una escuela en Medellín, fue directo: «Muchos papás están dañando el fútbol formativo». Agregó: «Cada uno cree que tiene a Messi, Neymar, Cristiano en la casa».
La psicóloga y neuropsicóloga Patiño Mora, docente de la Facultad de Medicina de la U de A., identificó tres efectos concretos. Primero: pérdida de la capacidad de disfrutar el juego. Segundo: ansiedad precompetitiva por miedo a defraudar a los padres. Tercero: autoestima deteriorada, sentimientos de insuficiencia y, en casos extremos, depresión infantil.
Patiño Mora señaló también la proyección de sueños frustrados. Los adultos usan el proceso del niño para realizar sus propias aspiraciones no cumplidas. La señal es clara: «Niños que asisten sin entusiasmo, inventan excusas o somatizan el estrés mediante enfermedades frecuentes».
Sobre los hijos de futbolistas profesionales, la especialista advirtió que «el talento y la disciplina no se transmiten automáticamente por herencia».
Pulso Global observa lo evidente. El problema no es la pasión por el fútbol. Es la confusión entre el sueño del padre y el derecho del niño a jugar libremente. Esa confusión tiene costos reales: salud mental deteriorada, talentos perdidos, abandono prematuro. Ningún aparato institucional lo resolverá. La solución empieza en la tribuna, con un adulto que aprende a callar.



